Cuando la música empezó a caminar con nosotros
- Rafa Jiménez

- hace 4 días
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Caminar con la música comenzó con un Walkman
Recuerdo que era 1989. Los Reyes Magos me habían traído mi primera grabadora, mi primer Walkman y el casete del soundtrack de Batman, producido, compuesto e interpretado por Prince.
Aquella película con Kim Basinger, Michael Keaton y Jack Nicholson simplemente me cambió la vida. No solo fue una forma distinta de ver cine, también fue el inicio de una relación con la música que, más de treinta años después, sigue acompañándome todos los días.
Hoy tengo 45 años y, en ese entonces, era un niño de entre ocho y nueve años. Hay que entender también el contexto. Mis papás eran sumamente tradicionalistas. En casa no había mucha apertura, ni musical ni visual.
Se hacía lo que ellos decían. No lo digo como una queja; gracias a eso también formaron a la persona que soy. Pero eran otros tiempos. No existía internet y descubrir música dependía de lo que llegara a tus manos o de lo que alguien te prestara.

Ese Walkman cambió por completo mi rutina. Llevaba el casete de Batman a todos lados. Iba en mi mochila todos los días. Lo escuchaba en el recreo, cuando viajaba en taxi con mi mamá o simplemente cuando tenía un momento libre.
Era lo primero que hacía. Me ponía aquellos audífonos con las clásicas gomitas de espuma y la diadema metálica. Eran incómodos, pero en ese momento no importaba. Todo aquello era pura magia.
Durante muchos años ese disco fue mi compañero. Al mismo tiempo, en casa también sonaban los casetes de mi papá. Ahí descubrí a The Beatles, The Rolling Stones, Led Zeppelin y Twisted Sister. Sin saberlo, empecé a construir una biblioteca musical que mezclaba el rock clásico con lo que iba encontrando por mi cuenta.

Caminar con la música evolucionó con el Discman
Después llegó la preparatoria y con ella nuevos discos. Recuerdo especialmente 'El Circo', de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, y también el fenómeno de Vanilla Ice, que en ese momento sonaba por todos lados.
Poco después apareció el formato MP3 y, para quienes no teníamos una economía que permitiera comprar discos originales cada semana, aquello fue una revolución.
Pasaba horas frente a la computadora armando mis propios discos de MP3.
Descargaba música desde Napster, LimeWire, ARES y otros programas que existían en aquella época. Cuando no podía hacerlo, iba al bazar de Lomas Verdes, en el Estado de México, donde conseguía compilados con cientos de canciones. Siempre salía de casa acompañado por música.
No recuerdo un solo día en el que caminara sin mis audífonos. Entre los discos originales que logré comprar estaba uno de Lucybell, Marilyn Manson, el soundtrack de Daredevil y el primer soundtrack de Resident Evil, puro nu metal. Cada uno marcó una etapa distinta y terminó formando parte de una colección que crecía poco a poco, conforme podía permitírmelo.

Caminar con la música encontró un nuevo hogar en el iPod
En 2006 llegó uno de los regalos que más ilusión me han hecho: un iPod Nano rojo que me dio mi entonces novia. Aquel pequeño aparato de 8 GB representaba exactamente lo que siempre había querido. Poder llevar prácticamente toda mi música en el bolsillo parecía un sueño.
Cada semana cambiaba discos, organizaba artistas, corregía nombres y agregaba portadas. Me gustaba tenerlo perfectamente ordenado. Más que un reproductor, era mi biblioteca personal.

Caminar con la música cambió con Spotify y Tidal
Poco tiempo después llegó el iPod Classic de 80 GB, un aparato que todavía conservo y que sigue funcionando. Lo llené de música hasta donde fue posible. Lo llevaba a todos lados y, sin darme cuenta, también se convirtió en mi controlador musical.
En las fiestas, los cumpleaños o las reuniones con amigos, yo era el encargado de poner las canciones. Viéndolo en retrospectiva, probablemente ahí comenzó esta vocación que años después me llevaría a convertirme en DJ.
A la fecha sigo utilizando ese iPod como una especie de memoria USB. Ahí permanece una parte importante de mi colección musical. Mucha de esa música sigue esperando ser transferida a una computadora más reciente. También tengo otra biblioteca guardada en un viejo disco duro, una colección que durante años fui alimentando disco por disco, canción por canción.

Para entonces ya existían los teléfonos inteligentes y plataformas como Spotify comenzaban a cambiar la forma de escuchar música. Sin embargo, me resistía. No quería abandonar el iPod.
Me gustaba la idea de seguir siendo dueño de mi colección, organizar mis discos, elegir el orden de las canciones y cargar conmigo una biblioteca construida durante años. Había algo muy personal en esa experiencia que el streaming todavía no lograba ofrecerme.
Con el paso del tiempo la practicidad terminó imponiéndose. Ya no tenía sentido cargar el teléfono y el iPod al mismo tiempo, así que empecé a utilizar Spotify. Debo reconocer que la plataforma amplió por completo mi panorama musical.
Gracias a sus recomendaciones descubrí bandas, artistas y discos que probablemente nunca habría encontrado por otros medios. Se convirtió en un banco sonoro prácticamente infinito.

Después llegó Tidal y ahí encontré otra forma de escuchar música. La calidad de audio hizo una diferencia importante. Escuchar álbumes con mezclas en Dolby Atmos o en formatos de alta fidelidad volvió a despertar esa sensación que tenía cuando abría un disco nuevo o me sentaba frente al estéreo de mi casa.
Hoy utilizo ambas plataformas y cada una ocupa un lugar distinto dentro de mi rutina.

Caminar con la música también significa volver a los formatos físicos
También sigo organizando playlists. Tengo listas por género, por bandas, por estados de ánimo, por viajes, por estaciones del año e incluso por momentos específicos del día. Esa costumbre no nació con Spotify; viene desde los casetes grabados, pasó por los discos de MP3 y terminó encontrando un nuevo espacio en las plataformas digitales.
Lo único que cambió fue el formato.
Después de más de treinta años, la música ha seguido caminando conmigo mientras la tecnología evolucionaba. Pasamos del casete al CD, del Discman al iPod y, finalmente, al streaming.
Sin embargo, hay algo que permanece intacto: la necesidad de llevar una canción acompañándonos durante el camino.
Resulta curioso que, mientras todo parece avanzar hacia lo digital, los formatos físicos estén viviendo un nuevo momento. Los vinilos volvieron a ocupar un lugar importante entre los coleccionistas, los CD han recuperado cierto interés y hasta los viejos Walkman e iPod comienzan a despertar nostalgia.
No se trata únicamente de escuchar música; también existe el placer de sostener un disco, leer un libreto o contemplar una portada mientras suena el álbum completo.
En lo personal, el vinilo sigue siendo uno de los objetos más deseados dentro de mi vida.
Hay algo especial en elegir un disco, colocarlo sobre el tornamesa y dedicarle tiempo a una escucha que no admite prisas. Es una experiencia completamente distinta a la de presionar un botón en el teléfono.

Caminar con la música sigue siendo una experiencia personal
Estoy convencido de que, si la música no caminara con nosotros, seríamos personas diferentes. Quizá más reservadas, más silenciosas o menos expresivas. Los trayectos diarios serían mucho más largos y el transporte público tendría otro ritmo.
Caminar, manejar, viajar en bicicleta o hacer ejercicio cambia por completo cuando unos audífonos nos permiten construir nuestro propio paisaje sonoro.
La música también nos ha regalado un espacio íntimo en medio del ruido cotidiano. Basta con colocarse unos audífonos para entrar en un mundo propio, donde por unos minutos desaparece todo lo que ocurre alrededor.
Ahí caben los recuerdos, las emociones, las canciones que marcaron una etapa y aquellas que todavía siguen acompañándonos sin importar cuántos años pasen.
Por eso creo que caminar con música es uno de los mejores regalos que nos ha dado la vida. No importa si llega desde Spotify, Tidal, un iPod, un Discman, un Walkman o un tornamesa portátil. Cada formato tiene su historia y todos han sido parte de la evolución de la forma en que escuchamos.
Lo verdaderamente importante nunca ha sido el dispositivo. Lo importante siempre ha sido la música y la capacidad que tiene para acompañarnos en cada etapa de nuestra vida.
Si además podemos vivir esa experiencia a través de un formato físico, con un disco entre las manos y una portada que contar, entonces el viaje se vuelve todavía más especial.




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